No quiero ser malicioso y ultrajarte
Profanar mi mente y depender de ti
Solo quiero romper esta corona
Pero es dificil cuando estoy tan desgastado
Y eres tan cinico, Canibal Narcisista!
Tengo que traerme de regreso a la vida!
Algunas veces odio la vida que eh creado
Todo esta mal siempre
Esforzandome, no puedo escapar
Todo lo que viene en mi camino
Me esta atormentado, tomando su dulce tiempo
Aferrandome, estoy perdido en una bruma
Luchando contra la vida hasta el fin de mis dias
No quiero ser grosero pero tengo que serlo
Del infierno que me haces pasar no hay nada bueno
Solo necesito mirar a mi alrededor
Ver que la vida se a desatado
Y eres tan cinico, Canibal Narcisista!
Tengo que traerme de regreso a la vida!
Algunas veces odio la vida que eh creado
Todo esta mal siempre
Esforzandome, no puedo escapar
Todo lo que viene en mi camino
Me esta atormentado, tomando su dulce tiempo
Algunas veces odio la vida que eh creado
Todo esta mal siempre
Esforzandome, no puedo escapar
Todo lo que viene en mi camino
Me esta atormentado, tomando su dulce tiempo
Aferrandome, estoy perdido en una bruma
Luchando contra la vida hasta el fin de mis dias
Aferrandome, estoy perdido en una bruma
Luchando contra la vida hasta el fin de mis dias - FUENTE - MUSICA.COM
Un
mal necesario mediante el que controlar los impulsos más primarios de
jóvenes ansiosos y evitar que ejercieran la violencia contra las «mujeres honradas»
(como eran conocidas por entonces las damas que no vendían su cuerpo
por dinero). Esta era la función principal que tenían los prostíbulos para aquella primitiva España previa a los Reyes Católicos. Una idea que ya había expuesto mucho antes San Agustín mediante
una sencilla -y cruel- comparación: «Quita las cloacas en el palacio y
lo llenarás de hedor; quita las prostitutas del mundo y lo llenarás de
sodomía». Quizá por ello ciudades destacadas fundaron sus propias
mancebías a partir del siglo XIII. Aunque también por la necesidad de
apartar a las meretrices de las calles más concurridas y ubicarlas en
zonas menos transitadas. Sevilla, Barcelona... Las urbes que fundaron prostíbulos dentro de sus muros durante la Edad Media fueron
muchas. Sin embargo, hubo una cuyo lupanar llegó a ser conocido en toda
Europa durante los más de tres siglos que estuvo activo: Valencia.
Y es que, además de contar con un tamaño considerable (agrupó -según
algunas fuentes- hasta dos centenares de meretrices en sus mejores años)
solía recibir los halagos de las decenas y decenas de clientes que
atravesaban cada día su puerta. Este continua clientela convirtió a la
mancebía (proyectada originariamente por el rey Jaime II en 1325) en una de las mayores atracciones de la ciudad. Así fue hasta que cerró sus puertas entre 1651 (cuando se ordenó a las mujeres abandonar el lugar) y 1671 (año en que la última meretriz salió del lupanar).
Un mal menor
El origen de la prostitución legalizada hay que buscarlo a mediados del siglo XIV. Al menos, así lo afirma el historiador Eduardo Muñoz Saavedra en su dossier «Ciudad y prostitución en España en los siglos XIV y XV».
En dicha obra señala que la medida «respondió, en parte, a la necesidad
de controlar un oficio condenado moralmente por el conjunto de la
sociedad medieval y sus instituciones». Pero no fue la única causa. El
español explica también que los burdeles se crearon para «encerrar en el
interior a las mujeres de vida airada apartándolas de la “comunidad sagrada”».
Una idea que corrobora, por ejemplo, una ordenanza murciana
de 1444 (año en que la urbe fundó su mancebía): «[mandamos] que todas
las malas mujeres rameras […] salgan de la ciudad de entre las buenas
mujeres e se vayan al burdel».
Con todo, lo que llevó a estamentos como el religioso a aceptar la prostitución fue la necesidad de controlar los impulsos de los jóvenes más alocados. Así lo determinan autores como la historiadora Noelia Rangel López en su dossier «Moras, jóvenes y prostitutas: acerca de la prostitución valenciana a finales de la Edad Media»:
«Si bien eran denigradas por su trabajo a causa del tabú del sexo, a
diferencia de otros grupos marginados eran consideradas como un “mal
necesario”». Para la experta española las meretrices ejercían un rol
social al «canalizar la violencia sexual» para que no se ejerciese
contra las mujeres honradas. «Por todo ello no debe extrañar que, desde
mediados del siglo XIV, de la mano del afán regulador de los municipios,
se empiece un proceso de institucionalización de la prostitución», completa.
Bajo estas premisas nació la prostitución pública
(llamada así por ser legal, y no por estar sufragada por el Estado) en
torno a la figura del burdel. Mes va, año viene, diferentes ciudades
inauguraron sus mancebías tras expulsar de las calles y tabernas a las
prostitutas. Así abrieron las puertas lupanares como el de Sevilla en 1337, el de Murcia en 1444 o el de Barcelona en 1448.
Con
todo, esta legalización demonizó también a otras muchas meretrices que
se negaron a dejar sus antiguas zonas de trabajo, aquellas que llevaban a
cabo su labor de forma externa a la ley. «La prostitución clandestina era la prostitución ilegal,
la que queda al margen de la ley, y por lo tanto la única perseguida y
castigada por la justicia. Generalmente el castigo era una sanción pecuniaria,
y en caso de que esta no pudiera pagarse […] la pena se pagaba con
azotes», añade la experta. Sobre estos mimbres se elevaría el prostíbulo
más grande de Europa: el inaugurado en Valencia.
Nace el burdel
El origen del gigantesco burdel hay que hallarlo en la reconquista de la urbe. Según afirman José Ignacio Fortea, Juan Eloy Gelabert y Tomás Antonio Mantecón en su libro «Furor et rabies: violencia, conflicto y marginación en la Edad Moderna»,
fue en aquellos años en los que «ganada la capital al Islam y ocupada
por los cristianos, las prostitutas se instalaron en Valencia, como
podía hacerlo un tabernero, un zapatero o cualquier profesional». Las
meretrices ejercieron su labor en calles, posadas y hostales hasta el
siglo XIV. Concretamente hasta 1321, en palabras del historiador del XIX
Manuel Carboneres. Ese fue el año en el que el rey
Jaime II hizo público un documento considerado, a día de hoy, como uno
de los primeros testimonios de la existencia de este lupanar. En el
texto, el monarca afirmaba «que ninguna mujer pecadora se atreva a
bailar fuera del lugar que ya tiene habilitado para estar».
Esta
fecha, no obstante, es la menos popular entre los historiadores. La
mayoría de los autores afirman que la primera referencia al burdel se
dio cuatro años después. Uno de ellos es Vicente Graullera, quien determina en su popular dossier «Los hostaleros del burdel de Valencia»
que «Jaime II ordenó en 1325 que las mujeres públicas se abstuvieran de
ejercer su profesión en las calles de la ciudad, debiendo mantenerse en
un lugar destinado para ellas».
Más allá de estas
pequeñas diferencias temporales, lo que está claro es que a principios
del siglo XIV ya se había habilitado un burdel para las prostitutas de
la zona fuera de las murallas de la urbe. Concretamente, cerca de «las
partidas ó barrios, como diríamos ahora, de Roteros, Moreria y la Pobla», en palabras de Carboneres.
«Ganada
la capital al Islam y ocupada por los cristianos, las prostitutas se
instalaron en Valencia, como podía hacerlo un tabernero, un zapatero o
cualquier profesional»
La siguiente referencia al burdel está más clara. Se dio en 1356 cuando,
tras la ampliación de las murallas de la ciudad, el prostíbulo se ganó
un hueco dentro de Valencia. La noticia fue bien recibida por las
trabajadoras, pero no gustó ni un ápice a las autoridades de la urbe.
«Con el tiempo la ciudad fue aumentando su población y las nuevas
edificaciones se fueron aproximando al área del burdel, lo que hizo
necesario procurar un mayor aislamiento del mismo», añade Graullera.
¿Cuál fue la solución para separar aquel recinto de la población?
Levantar un muro alrededor de la mancebía y dejar solo una entrada para acceder a la misma. Por si fuera poco, también se cegaron las calles ubicadas en las cercanías y se estableció un guardia en la puerta con potestad para quitar las armas a los clientes. Poco
a poco, el burdel de Valencia fue adquiriendo unas características
propias que le diferenciaban del resto de edificios similares. «Era
bastante singular respecto a los restantes barrios. Ubicado intramuros
pero alejado del centro urbano, próximo a la morería y al espacio
destinado a ciertas actividades gremiales consideradas insalubres […].
Ajeno a cuanto le rodeaba, disponía de su propio ambiente», añaden los
autores de «Furor et rabies: violencia, conflicto y marginación en la
Edad Moderna».
A nivel práctico, estaba organizado como una pequeña comunidad dirigida por un Regente.
Y así se mantuvo durante más de tres siglos. Años en los que terminó
siendo conocido como uno de los prostíbulos más grandes de toda la
Europa medieval.
Licencia para prostituirse
Durante los siglos que estuvo activo, el burdel de Valencia vio pasar decenas de mujeres públicas
(como eran conocidas las prostitutas). A día de hoy es difícil
establecer cuál fue el número máximo de meretrices que albergó el
prostíbulo entre sus muros, aunque la mayoría de autores coinciden en
que vivió sus mejores momentos a finales del siglo XV. En este sentido, un viajero afirmó en 1501 que contó «entre 200 y 300»
trabajadoras asentadas en el lupanar. Las cifras parecen exageradas,
pues la mayoría de los registros hacen referencia a la presencia de
hasta un centenar.
Lo que sí está claro es que no
provenían únicamente de dicha urbe. «La mayoría procedían de otros
reinos o localidades, quizá para eludir problemas personales o
familiares», determinan los autores de la obra colectiva. Tal era la
cantidad de ciudades de las que llegaban, que nuestras protagonistas
eran conocidas por su lugar de procedencia («la aragonesa» o «la de Murcia» son dos ejemplos de ello).
Otro
tanto sucedía con las religiones que profesaban las prostitutas, como
bien señala Rangel: «El acceso al burdel era libre tanto para ciudadanos
como para extranjeros cristianos, sin embargo, judíos y musulmanes tenían
prohibido mantener contacto físico con cristianos». En el burdel de
Valencia, las relaciones entre diferentes religiones estaban prohibidas.
Podría
parecer por el considerable número de prostitutas que las mujeres tan
solo debían llegar al burdel y ponerse a trabajar, pero nada más lejos
de la realidad. Por el contrario, toda aquella dama que quisiera vender
su cuerpo debía solicitar una licencia al Justicia Criminal (un cargo foral) y sumar más de 20 primaveras a sus espaldas.
La molestia, con todo, les resultaba provechosa a nivel económico pues
(con el paso de los años) las meretrices ubicadas en este lupanar llegaron a cobrar hasta el doble que el resto de sus compañeras.
A
nivel práctico, las prostitutas trabajaban durante una buena parte del
día. «Su horario no estaba sujeto a normas concretas, aunque en algunas
épocas sufriera limitaciones atendiendo a las circunstancias del
momento. La hora de mayor movimiento era el atardecer del día,
cuando, terminados los trabajos, crecía la afluencia de clientes en
busca de un rato de expansión», añade Graullera. Por descontado, y tal y
como señalan los autores de «Furor et rabies: violencia, conflicto y
marginación en la Edad Moderna», también influían en sus turnos eventos
masivos como ferias o mercados, los cuales solían atraer a cientos de viajeros hasta Valencia.
Santificar las fiestas
El
burdel de Valencia permanecía abierto durante casi todo el año. Tan
sólo había unas pocas excepciones en las que cerraba sus puertas, y la
mayoría se correspondían con fiestas religiosas. Las más destacadas eran
las jornadas de Semana Santa. Durante aquellos días
las mujeres públicas dejaban a un lado el trabajo y eran internadas en
algún centro religioso. Los días que pasaban de retiro espiritual obligatorio eran sufragados por la misma ciudad.
«El
día antes de la festividad las mujeres eran reunidas en el burdel, para
conducirlas ordenadamente al lugar de retiro, que era generalmente el Convento de las Arrepentidas de San Gregorio. Una vez allí se les impedía salir a la calle», añade Graullera en su obra.
Aquellas jornadas eran más que curiosas. Y es que, mediante continuas charlas y oraciones se buscaba que las prostitutas renunciaran a su trabajo
y volviesen al recto camino del Señor. Los conferenciantes les ofrecían
incluso ayuda para encontrar marido y les prometían otorgarles una gran
dote si pasaban por el altar (dinero que pagaba también la ciudad). A
pesar de que eran muy pocas las que dejaban la prostitución, el retiro
espiritual provocaba severos dolores de cabeza entre los rufianes (los «chulos» de la época). Estos trataban por todos los medios de boicotearlos para no perder su fuente de ingresos.
Además de Semana Santa (y de otras fiestas de similar importancia como las de «la virginidad de María»),
las autoridades prohibían a las prostitutas trabajar antes de la misa
de los domingos. Saltarse esta norma era algo sumamente grave. Años más
tarde la ley se hizo todavía más severa. «Los Jurados de Valencia
acordaron la imposición de una sanción de 20 sueldos a las mujeres del burdel, por el simple hecho de almorzar antes de oír misa en los días festivos», añade el experto español.
Organización
Intramuros
el burdel no era un edificio como tal, sino que estaba formado por
varias calles alrededor de las cuales se levantaban diferentes hostales (unos 15 en las mejores épocas del lupanar) y multitud de casas. Las prostitutas que recibían la licencia del Justicia Criminal
podían alquilar una habitación en la hospedería o, directamente, una de
las viviendas. En ambos casos sus caseros eran los llamados hostaleros,
los mandamases en la sombra de la mancebía. «Cada mujer cuidaba de su
casita con esmero, blanqueando su fachada, poniendo flores y
arreglándola según su gusto», completan los autores de la obra
colectiva.
Disponer de una de estas casitas era la mejor
opción para las prostitutas, pues les permitía tener una mayor autonomía
y alejarse un poco de las miradas de los hostaleros. «Se trataba de
casas pequeñas, en su mayoría de un solo piso, las cuales al decir de
quienes las visitaron presentaban un aspecto muy limpio y cuidado. Sus
fachadas estaban adornadas frecuentemente con flores enredadas y
arbustos aromáticos. Solían disponer de un patio trasero donde, además
de mantener algún cultivo, podían reunirse en las cálidas noches de
verano en animadas tertulias», añade Graullera.
«A
las mujeres se las podía ver sentadas en la puerta esperando la llegada
de clientes o charlando desenfadadamente con los hombres»
Haber arrendado una vivienda permitía a las meretrices trabajar de una curiosa forma: «A las mujeres se las podía ver sentadas en la puerta esperando la llegada de clientes o charlando desenfadadamente
con los hombres», completan los autores de la obra. Alrededor de las
urbanizaciones (si es que se las puede llamar así) bullía todo. Las
chicas se relacionaban con sus futuros clientes, disfrutaban de un
momento de asueto, presumían de sus joyas nuevas y, llegado el momento,
atendían a los hombres. Con todo, las prostitutas que alquilaban estas casas seguían dependiendo de los hostaleros, los verdaderos caciques del burdel de Valencia.
Estos
mandamases se encargaban de contratar a las meretrices; pactar con
ellas un sueldo; interceder ante el Justicia Criminal para que las
nuevas trabajadoras recibieran la licencia de mujeres públicas y atender
a las damas en el día a día (especialmente cuando se ponían enfermas y
no podían vender su cuerpo). Por si fuera poco, también hacían de
prestamistas y dejaban dinero a las chicas para que adquirieran desde
joyas, hasta vestidos. Ninguna de ellas podía abandonar el lupanar hasta
que liquidara todas sus deudas. En la práctica las tenían atrapadas.
En
este sentido, una buena parte de los viajeros que visitaron el burdel
de Valencia coincidieron en que las casas estaban muy bien cuidadas y
tenían un aspecto muy agradable. «También resaltan la sensación de las
prostitutas, alejadas de toda sordidez», añaden los expertos españoles en su obra.
Crímenes en el burdel
La
bebida y el jolgorio eran unos ingredientes perfectos para favorecer
las relaciones sexuales. Sin embargo, solían derivar también en todo
tipo de trifulcas entre clientes. Era entonces cuando entraban en acción
los guardias del burdel. La medida más eficaz para evitar estas
controversias consistía en prohibir la entrada a todo aquel que causase
problemas. Así lo atestigua la sentencia del Justicia Criminal de 1553
sobre un alborotador llamado Miguel Joan Scals al que se le exigió permanecer alejado del lupanar «sot pena de correr la ciutat ab açots y de vint y cinch dies de presó».
Los visitantes extranjeros resaltaron por escrito la «sensación de las prostitutas, alejadas de toda sordidez»
Por
desgracia, tampoco era raro que los rufianes ejerciesen la justicia a
su antojo cuando las damnificadas eran «sus chicas». Eso fue lo que
ocurrió en 1562 después de que un joven llamado Martí Aussias
acudiese al burdel y se negase a pagar los servios de una prostituta.
En principio fue expulsado, pero tuvo la problemática idea de regresar
la jornada siguiente. «Serían las ocho de la tarde cuando, sin saber de
donde le venía, recibió un fuerte golpe en la cabeza», explican Fortea, Eloy y Mantecón en su libro. Aunque logró huir, se llevó un buen susto y un tremendo puñetazo.Estos
no eran los únicos problemas que se daban en el lupanar. Además eran
habituales los robos a prostitutas, pues las joyas y los vestidos eran
bienes muy golosos para los pícaros. Con todo, el que únicamente hubiera
una salida en el burdel facilitaba la rápida identificación de los
criminales, así como su captura. En este caso, así como en el resto, la
figura que se ocupaba de aplicar la ley era el Regente.
Un personaje que, además, controlaba que la prohibición de introducir
armas se cumpliera e informaba al Justicia Criminal de las sanciones
contra los culpables.
Decadencia y clausura
El
burdel de Valencia funcionó a pleno rendimiento durante décadas. Sin
embargo, a mediados del siglo XVI empezó una lenta pero inexorable
decadencia que culminó en 1651. El mismo año en el que Fray Pedro de Urbina (Arzobispo
y Virrey de la ciudad) ordenó que las mujeres de malvivir abandonaran
su trabajo y pasaran «a servir, o estar en sus casas» so pena de ser
expulsadas de la ciudad en un plazo de diez días. Al religioso le costó
algo más de lo que pensaba acabar con las meretrices, pues no fue hasta 1671 cuando las pocas que quedaban fueron retiradas a un convento.
Así recoge Carboneres este
momento en su minuciosa obra sobre el burdel. «El de Valencia, que
según parece estaba protegido por personas de gran influencia, fue de
los burdeles que mas se resistieron; ya le habían abandonado sus
habituales inquilinas, con su cortejo de Celestinas, a quienes las
autoridades obligaron a buscar otro refugio, y todavía resistían en
dicho local siete mujeres, fundandose en que no tenían sitio en donde albergarse. En esta ocasión el jesuita valenciano P. Catalá diligenció que dichas mujeres fuesen conducidas al monasterio de San Gregorio de
esta ciudad, en donde pasó él mismo á convertirlas, lo que consiguió
con tan gran éxito, que según asegura el bibliógrafo Rodríguez, que pudo
ser testigo de estos sucesos, aquellas siete pecadoras se convirtieron
en siete ángeles».
El autor decimonónico señala, con
todo, que no fue una buena idea clausurar el burdel, pues provocó que
las mujeres se «desparramaran» por las calles: «¡En los pocos días que
estuvieron en Madrid las tropas del archiduque Carlos, el rival de Felipe V,
dejaron en los hospitales mas de 2.000 hombres ata cados del mal
venéreo! ¡Prueba grande de que no basta quitar un vicio por medio de un
decreto, cuando, como el presente, está fundado en nuestra flaca
naturaleza!».